EL SECUESTRO DEL CANDIDATO

(Javier Pérez)

 

 

El secuestro del candidato

 


 

         

    La verdad es un culto en desuso, hambriento de fieles.  Sobre las ruinas de sus viejos altares, algunos de sus druidas alzan aún la voz para afirmar que la verdad es tozuda, o incluso, contra toda evidencia, se atreven a seguir afirmando que la verdad resplandece. Empecinados en su fe, procuran pasar por alto que a menudo necesita revestirse de prodigio o superchería para hacerse creíble, porque la verdad desnuda no interesa ni a los más enconados viciosos.

    Por eso, en su honor, se celebran aquelarres como el de la vaca de Swift, que sólo acabaría en manos de su legítimo dueño cuando el juez se convenciese del derecho del ladrón a quedársela.

    Durante estos rituales, es cuando los más valerosos defensores de la verdad se convierten a menudo en los peores cínicos y en los mayores embusteros.

    A ellos dedico esta historia.

 

 

Al principio...

 

 

    Fue una tarde idiota de verano, convencida de que aún era primavera. El cielo de hormigón custodiaba ceñudo su garaje con ínfulas de Cosmos. Los coches aparcados se jugaban al poker el ego de sus dueños.

    Tuberías, gargarismos, parpadeos fluorescentes y bostezos de metal.

    Un ascensor engreído condescendió a escupir un hombre con prisa. El hombre miró su reloj y luego se cacheó, en busca de unas llaves, con el celo de un vigilante de aeropuerto.

    Aparecieron las llaves. Luego oyó pasos a su espalda.

    Un arma, manos arriba, temblores, pasamontañas...

    No dispare.

    Tú te callas.

    Luego mugre, sueño espeso, estupor y macarrones rodando por el suelo como casquillos de un arma que disparase fideos.

    Ya no había marcha atrás.

    Ya estaba hecho.

 --------

 

9 de septiembre

 

 

    Al día siguiente la ciudad se despertó con la noticia de que el conocido político Alejandro Carcasona, concejal de urbanismo y candidato al Congreso en las cercanas elecciones generales, había desaparecido.

    En puridad, no se trataba exactamente de una noticia, porque el periódico local, para curarse en salud, la presentaba como rumor. Un rumor en portada, ampliado a toda página en el interior y con la hipócrita salvedad del “se cuenta”, para no caer en el ridículo completo si resultaba que el concejal había cogido una borrachera de campeonato y se encontraba detenido en el cuartelillo de la Guardia Civil de algún pueblo levantino, o lo había atropellado una moto y yacía inconsciente en algún hospital,  por ejemplo.  No era la primera vez que sucedía algo así y el director se había reservado una vía de escape. Por si acaso.

    Tanto la familia como la policía consideraban prematura la publicación del suceso: hubieran preferido que el caso no trascendiese a la opinión pública hasta que no se pudiera realizar una valoración más seria de lo sucedido. Sin embargo, en aquella ocasión, las conexiones informales del rumor y el mercadeo de favores funcionaron a toda máquina y el periódico local retrasó tres horas su edición para poder ofrecer en portada la única primicia de verdadera importancia de toda su historia.

    Según el rotativo, que no ahorró tipografía para presentar los hechos, la voz de alarma la dio su esposa, extrañada porque a las diez de la noche no hubiese regresado ni respondiese a sus llamadas, a pesar de estar comprometidos ambos para un importante evento social una hora antes. A las diez y cuarto bajó al aparcamiento del inmueble donde residían y se encontró la llave del coche en el suelo, junto al vehículo.

    Tras un rápido examen, se comprobó que el automóvil no había abandonado el aparcamiento en todo el día, por lo que podía afirmarse que Carcasona llevaba en paradero desconocido desde las cinco de la tarde, hora a la que salió de su domicilio para dirigirse a la sede de su partido, donde tenía previsto reunirse con otros responsables políticos de cara a planificar los distintos actos de campaña previstos para la semana siguiente. El presidente provincial del PPS había telefoneado también a Carcasona repetidas veces y fue el que recomendó a la esposa que llamase inmediatamente a la policía después de conocer el hallazgo de las llaves en el suelo del garaje.

    Aunque según las fuerzas del orden todavía es pronto para aventurar ninguna hipótesis, los indicios parecen señalar a que el político ha sido secuestrado, toda vez que no se ha podido localizar rastro alguno de su paradero. Los servicios de emergencia tampoco atendieron aquella tarde a ningún varón indocumentado que coincidiese siquiera mínimamente con su descripción.

    La información, a pesar del poco tiempo de que el periódico había dispuesto para su redacción, se completaba con varias fotografías del concejal presuntamente secuestrado y una escueta biografía, quizás demasiado elogiosa para tratarse de un hombre vivo.

    Alejandro Carcasona nació en Molera hace treinta y siete años, y es padre de dos hijos. A los veintiún años comenzó a trabajar en la industria del vidrio, donde muy pronto se unió al movimiento sindical, siendo elegido por sus compañeros como delegado para las importantes negociaciones que tuvieron lugar durante la reestructuración de plantilla de la pasada década. Tras afiliarse al Partido Prosperista, presidió la agrupación provincial de las juventudes de su partido y fue dos veces candidato en las elecciones municipales antes de resultar elegido y formar parte del equipo del actual alcalde. La labor desarrollada en los últimos años, su calidad humana y su inmejorable imagen pública lo catapultaron a las listas al Congreso, donde figura como número dos por el PPS.

    Trabajador incansable, supo sobreponerse con esfuerzo y coraje a su origen humilde hasta convertirse en referente de toda una generación de jóvenes, no sólo de su partido, sino también de otros muchos colectivos sociales que lo consideran valedor de sus preocupaciones ante las instituciones. Entre  sus logros como concejal cabe destacar la construcción del nuevo polideportivo, la ampliación de las zonas verdes previstas en el plan de urbanismo y la construcción de la piscina climatizada del barrio de la Universidad, entre otras obras ya concluidas o en proyecto.

    Hombre de talante abierto y conciliador, partidario del diálogo como principal vía de solución para cualquier conflicto, dio buena muestra de su talla negociadora ejerciendo de mediador en el contencioso de los servicios de limpieza, brillantemente resuelto tras veinticinco días de huelga. La misma postura mantuvo, de manera consecuente, en problemas de mucho más calado como la participación española en los distintos conflictos de Oriente Próximo, o el espinoso tema de la gestión del agua.

    Su figura, insustituible en el ámbito local y provincial, se perfilaba como una de las más destacadas en la nueva legislatura que comenzará tras las elecciones.

    El resto del reportaje, incluido el extracto de una entrevista a la que había respondido unos meses atrás, era simple material de relleno y se notaba que había sido incluido a toda velocidad, sin tiempo para expurgarlo de algunos párrafos que las circunstancias del momento convertían en insustanciales, por no decir inoportunos.

    Después de aquel breve momento de gloria, el periódico no tardó en verse relegado como fuente de noticias, y en pocas horas ya se habían hecho con el mando de la situación las radios y las televisiones, más adaptadas a esa especie de angustia moderna que exige cantidades enormes de información, y al instante.

    Al principio tímidamente, y con más voracidad a medida que pasaban las horas sin que se conociese dato alguno sobre el paradero de Carcasona, los reporteros de los medios nacionales fueron tomando posiciones en torno al domicilio del político, la comisaría de policía, la sede de su partido y la Subdelegación del Gobierno. Llegaban a la ciudad acompañados por los mamotretos casi navales de sus unidades móviles, y tras buscar acomodo en cualquier hotel, filmaban unas cuantas imágenes delante de la casa del concejal, de su garaje, o a la puerta de la de sede del PPS, y después se desplegaban por las calles para entrevistar a los transeúntes en un desesperado intento de justificar su presencia en Molera.

    Por lo que podía saberse, Alejandro Carcasona no había sufrido nunca crisis nerviosas ni era un hombre propenso a desaparecer por iniciativa propia, y menos en un momento tan importante de su carrera política.  Aunque muchas personas de todo el país llamaron a la policía asegurando haberlo visto en lugares tan dispares como Vigo, Reinosa, Villanueva del Pardillo, Ceuta y Novelda, ninguno de aquellos testimonios pudo ser confirmado.

    Como la familia directa prefirió no hacer ningún tipo de declaración, los periodistas buscaron a sus compañeros de partido, a sus amigos, sus antiguos compañeros de trabajo y hasta a sus profesores en el colegio y el instituto.

    Así supieron, y todo el país después de ellos, que Alejandro Carcasona había sido siempre un hombre alegre,  incluso juerguista en su juventud, lo que de ninguna manera le impedía ser también una persona seria y responsable en su trabajo, y sobre todo comprometida con sus ideales. En el instituto había despuntado en los idiomas y había tenido problemas con las matemáticas y la física. En su tiempo libre salía de pesca, buscaba setas en los pinares de cerca de la capital, o jugaba a los dardos con los amigos. Por lo demás, era un hombre del que había poco que decir: iba cada mañana a trabajar a su despacho en la concejalía de urbanismo, recibía a todo el mundo cuando algún ciudadano solicitaba verle y hasta los concejales de la oposición reconocían que era un hombre de trato agradable y poco dado a discusiones inútiles. Sus superiores lo describían como un hombre eficaz y sus subordinados alababan su flexibilidad y su buena disposición para cambiar horarios o fechas, o para conceder días libres, siempre que el trabajo saliera adelante puntualmente.

    Cuando se cumplieron veinticuatro horas desde que su esposa diese la voz de alarma, la policía empezó a hablar formalmente de secuestro y dijo estar a la espera de que los secuestradores se pusieran en contacto con la familia o con las autoridades, directamente o a través de los cauces habituales.

    Sólo quedaba esperar.

javier Pétez, Plaza del Grano, León

El autor en la Plaza del Grano, León.

 

LEA EL PRIMER CAPÍTULO GRATIS

------------

Comentario del autor

 

 


 

 

 


 

Realización

Alojamiento

drupal stats